Desde hace más de cinco años tengo una sobrina. Desde hace unos tres o cuatro declaré, para mí mismo, que era y siempre sería mi sobrina favorita. Me gusta mucho pasar tiempo con ella, pienso que es una niña muy lista y muy divertida. Cuando su mamá me platica sobre cómo va mejorando, cómo aprende y se supera, no puedo más que sentirme orgulloso de ella y feliz de pensar que le espera un gran futuro.
Ella me hace sentir como creo que se siente tener un hijo: me gusta pensar en todas las cosas que podría hacer, representa para mí un motivo para esforzarme en lo que hago, quiero brindarle todas las cosas que hagan falta para su desarrollo, enseñarle cosas que considero buenas, siento por ella un afecto enorme...
Hace un par de meses me enteré que mi otra hermana tendría un bebé. He bromeado con ella diciéndole que más le valía que fuera un niño y ayer me avisaron que será una niña. Mi broma llevaba algo de seriedad y, de algún modo, la única razón es que creo que la relación con un niño sería muy distinta a la que ya tengo con mi sobrina.
Esto va más allá del hecho de que quisiera enseñarle a jugar fútbol y cosas así. En realidad tiene más peso el hecho de que ya tengo una sobrina. Siento que la relación que tenga con las dos será muy parecida, lo cual no debería tener nada de malo porque, como ya dije, me gusta mucho pasar tiempo con mi sobrina. El problema es más bien que considero muy especial mi relación con ella y creo que será menos especial ahora que pueda compartir lo mismo con dos personas distintas. En algún sentido, siento que tendré que dividir mi corazón entre las dos.
Ojalá en un par de años pueda escribir sobre lo equivocado que estoy. Espero darme cuenta de que mis dos sobrinas son completamente distintas y que la relación que tenga con cada una de ellas será única para mí. Sé que en un par de años seguiré amando igual a mi sobrina, la que ahora es mi sobrina favorita. Sé que amaré del mismo modo a la que está por nacer, que ya no tendré una favorita, pero que eso no me hará querer menos a la otra porque, como dicen, el corazón de un hombre no se divide sino que se multiplica.
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