Siempre me ha gustado el inicio del ciclo escolar. Está lleno de esperanza y buenos deseos, como la navidad. Me siento lleno de energía y confío que será un semestre grandioso. Comienzo con todos los buenos hábitos que pueda: limpio mi cuarto, despejo mi escritorio, tomo notas de todas las clases.
Muchos pensamientos llegan a mi cabeza: este semestre sí haré todas las tareas, asistiré a todas las clases, haré más ejercicio, aprovecharé mejor mi tiempo... es lo que pienso cada semestre.
Nunca llego al final tan optimista como en el inicio. Empiezas a hacer excepciones: sólo hoy no iré a la escuela porque de verdad estoy muy cansado, hoy no me levanto a correr porque tengo mucho sueño, esta tarea está muy patarata mejor no la hago... La cosa es que una vez que decides fallarte por primera vez, se vuelve más fácil hacerlo. La esperanza del inicio comienza a desvanecerse. Hacer todas las tareas ya no se siente tan bien porque de todos modos ya te falta una. Vuelves a a faltar a clases porque no vas a entender por haber faltado a la otra clase, mejor lo leo después en el libro. Después de la primer falta de disciplina se pierde todo.
Las excepciones son malas cuando se trata de disciplina, por eso es mejor no hacerlas. Hay que levantarse hoy con la misma energía que ayer, como si el semestre estuviera empezando otra vez.
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