Pensar en mi futuro es algo que hago con cierta frecuencia y siempre me hace sentir raro. Es una combinación entre esperanza y miedo. Mayormente es pura incertidumbre pero hay otras cosas que no puedo describir del todo. Casi siempre considero un sólo aspecto de mi vida, aquel en el que esté más concentrado en ese momento.
Creo que estas reflexiones me han acompañado desde que soy un niño. Recuerdo que estando en el kínder, por ejemplo, me visualizaba como un abogado. Vestiría siempre de traje y una gabardina encima, cargando mi portafolio de piel al trabajo, que no sabía en qué consistía. Esas imágenes me hacían sentir bien, como si tuviera ya clara mi meta.
Entonces venía la otra parte. Mi madre me había dicho que para lograr lo que quería tenía que esforzarme mucho. Me sentía entonces temeroso de que mis planes se frustraran. Sentía miedo de no entrar en la mejor preparatoria, de no tener dinero y tener que trabajar en lugar de ir a la universidad, de no conseguir los apoyos que me ayudarían a alcanzar mi meta o que no fuera suficientemente bueno para estudiar.
Esa es la primera vez que recuerdo haber pensado en algo así. Después vinieron otras. Cuando quise ser médico, arquitecto, economista, publicista, físico y otros más. Quince años han pasado desde entonces y aún tengo esas visiones. Todavía veo hacia adelante en el tiempo y por un momento estoy seguro de qué es lo que estaré haciendo. Todavía siento miedo de no lograr mis objetivos, de no ser lo suficientemente bueno, de no tomar las decisiones correctas.
A veces siento que debería deshacerme de estos temores. Creo que es mejor conservarlos para que me ayuden a tener en mente que debo seguir esforzándome para alcanzar mi meta.
No hay comentarios:
Publicar un comentario