martes, 8 de octubre de 2013

No tengo un título para ésta...

"Siento que ya no nos conocemos" me dijo sin ocultar su pesar. A mí no me importó su preocupación, después de todo, fui yo quien decidió terminar la relación. 

La conversación terminó a penas se acabaron los saludos. Por un par de minutos no dijimos nada. Yo pensaba en el contraste con los viejos tiempos, cuando podíamos pasar horas sin parar de hablar. La gente siempre nos miraba como si estuviéramos locos y la verdad es que algo de razón llevaban. Él pensaba en lo mismo pero deseando que regresaran esos tiempos. No se atrevía a romper el silencio, no quería estropear nuestro primer encuentro después de tanto tiempo. Había estado pensando en qué era lo que debía decir, buscaba las palabras correctas y eso fue lo que le vino a la mente.

Pensaba demasiado. Esa es la razón por la que me alejé de él. A decir verdad, no estaba de acuerdo con su frase rompehielos. A diferencia de lo que él sentía, yo aún sabía exactamente cómo era. Seis años desde la última vez que nos vimos y no había cambiado en nada.

Pude haber tolerado todas sus fallas, era un tipo genial en muchos sentidos. Sin embargo, jamás pude perdonar su negativa a cambiar ni en lo más mínimo. Eso fue lo que me hizo decidir. Poco a poco me alejé. Comencé por evitar los momentos a solas con él, con mucha dificultad extendí nuestro grupo de amigos y nos volví más extrovertidos. Dejamos de ser tan artificiales y comencé a forjarnos relaciones auténticas. Después fue un poco más fácil, él se sentía incómodo en presencia de los demás. Finalmente decidió alejarse y yo pude seguir construyéndome una nueva vida.

Esa fue la última vez que lo vi. Tomamos un café, nos saludamos y, después de ignorar su comentario, nos sentamos tres horas en silencio. Ya casi no tenemos cosas en común, no hizo falta platicar para notarlo. Yo no he querido notarlo pero a veces aparece por instantes y se va. Como a un fantasma, no lo veo porque no creo en él.

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