viernes, 4 de abril de 2014

Mi amiga Lupita

Aunque poco tiempo después de conocerla no tenía duda de ello, mentiría si dijera que desde el momento en que la vi supe que nuestros destinos estaban unidos. En realidad no recuerdo la primera vez que vi a Lupita pues era apenas un bebé. Lupita y yo crecimos juntos y eramos muy buenos amigos. Siempre jugábamos juntos. Ella imaginaba cosas y me hablaba de ellas. Yo le seguía el juego.

Conforme fuimos creciendo conocíamos a más personas. Tuve un amigo, muy especial también, muy diferente a Lupita. Él nunca lo decía pero creía que Lupita estaba loca.

"No está bien tener amigos imaginarios", me decía. Yo no quería que creyeran que estaba loco y empecé a jugar menos con ella.

Crecí más. Nos mudamos y por mucho tiempo no vi a Lupita. Conocí a más personas y, como es natural al crecer, olvidé muchas cosas de mi niñez. Me olvidé de ella  y de sus mundos imaginarios.

Hace tiempo regresé a mi tierra natal. Visité mi antigua casa y nada había cambiado. Nadie la habitó en todo este tiempo, ni siquiera el tiempo. Todos los muebles en el mismo lugar y en el mismo estado. Salí a caminar por la colonia para ver qué más estaba igual y todo lo estaba. Cada casa en el mismo lugar, ocupada por las mismas personas y todos se veían igual que en aquellos años. Entonces me miré al espejo y vi que tampoco yo había cambiado. Más que asustarme me dio gusto. Corrí a casa de Lupita y pudimos jugar juntos como cuando era niño.

En ocasiones regreso a mi casa, cuando extraño mi antigua vida. Hablo con ella, jugamos como cuando era niño y me siento tan feliz como lo era entonces.

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